sábado, 6 de octubre de 2012

En Raïmat

Marc. Raïmat, Lleida, 2012. (foto: Isaías Fanlo.)

Raïmat és una pedanía de Lleida, conocida por el vino que se elabora. Allí pasé muchas horas desde los 5 hasta los 17 años (mi colegio estaba allí) y allí volví hace unos días por primera vez en muchos años. Oscurecía, así que apenas pude ver nada. Pero el olor a pino seguía allí. Hicimos alguna foto y regresamos para cenar.



La canción que acompaña la entrada de hoy es un clásico. Nos vamos a Graceland con Paul Simon.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Moving on

Delta de l'Ebre, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hoy he cambiado, oficialmente, de vivienda. Me he empadronado en la nueva casa y he entregado las llaves de la casa en la que he pasado los últimos cinco años de mi vida. Sin muebles, sin libros, sin las gatas, la casa parecía otra. Más grande, más desnuda, más muerta. Poco que ver con la que voy a recordar cada vez que piense en ella en el futuro.

Hace un par de días me despedí definitivamente del piso de Independència. La casa ya estaba vacía, a excepción de los últimos paquetes. Marc estaba a punto de llegar en coche, para cargar con todo y cerrar la puerta con dos vueltas de llave. Las dos últimas vueltas. Mientras esperaba a que llegara, conecté el iPod al reproductor. Tenía muy claro cuál era la canción que quería que sonara para despedirme de la casa. Busqué, entre los artistas, a Bob Dylan, abrí su lista de canciones, encontré la que buscaba y puse el play. En la casa, vacía, la música resonó acompañada de un eco.

 La canción que buscaba era "Changing of the Guards". Una de las composiciones más extrañas de Dylan. De letra indescifrable, pero a la vez muy narrativa. La historia de un cambio, de una inminencia indeterminada situada en una época y un lugar lejanos.

Hace cinco años, decidí escuchar la misma canción en una situación parecida. También cambiaba de piso, pero bajo circunstancias muy diferentes. Entonces, lo hice con lágrimas en los ojos, con una mochila llena de preguntas y de incertidumbre, y sin saber qué era lo que me esperaba. Bob Dylan me hablaba de mis dudas y temores. Ahora, la misma canción me transmitía otro mensaje: un nuevo cambio, pero después de haber convertido las dudas en afirmaciones, la incerteza en seguridad y los temores en confianza. Un cambio a mejor. Un salto con red. Un salto que me apetece y me ilusiona. Las buenas canciones, dicen en un capítulo de Treme, son capaces de decirte cosas diferentes según el momento en que las oyes. En este caso, "Changing of the Guards" me transmitía un mensaje totalmente contrapuesto.

Han pasado cinco años. Desde aquella mudanza soy un hombre distinto. La vida te va tallando poco a poco. Y uno nunca acaba donde esperaba acabar.

Pasaron seis minutos y la melodía se fue apagando. Marc estaba a punto de llegar. Apagué el iPod, desenchufé el reproductor musical, abrí la última caja que iba a llevarme y lo guardé allí. Dos vueltas con llave, y adiós, definitivamente, a una casa en la que dejaré muchísimos recuerdos, y una parte muy importante de mi vida.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Perspectiva del centro de Birmingham

Birmingham, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Poco a poco, septiembre va acabándose. Y llega el otoño.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

En el Delta

Delta, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Me gusta el color de los arrozales en el Delta de l'Ebre. Cómo va cambiando de estación en estación, de varias gamas de verde, desde un verde intenso a uno más apagado, a amarillo dorado y, finalmente, al color pardo de la tierra. Hace unos días volví al Delta, después de varios años sin hacerlo, justo en uno de estos mágicos cambios de color. El cielo estaba tapado y en los alrededores estaba lloviendo a cántaros, pero al mismo tiempo el sol se colaba por algunos claros oportunamente dispuestos. La luz era excepcional.

Como banda sonora, un clásico de los sesenta: "If you wanna be happy". Es la última canción de Mermaids (Sirenas), desde hace años una de mis películas fetiches. Una de las escenas que podría ver una y otra vez cuando necesito buen rollo...


viernes, 31 de agosto de 2012

Birmingham

Birmingham, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Vuelta de vacaciones, en las que, entre otros lugares, he estado en Birmingham, una ciudad de aquellas que es fea, pero no fea a lo Benidorm (fotogénica), sino fea sin remedio. Quizás la única zona que merece una caminata es la de los canales. En esta foto, una imagen del canal de Birmingham a Wolverhampton, unas millas alejada de la ciudad.

Como banda sonora, el disco que sonaba mientras paseaba por estos canales. Lo nuevo de Patti Smith, Banga.



viernes, 3 de agosto de 2012

Vacaciones

Maresme, 2009. (Foto: Isaías Fanlo.)

Vacaciones, muy poco al uso, pero vacaciones al fin y al cabo. La banda sonora de hoy la tengo muy clara: siempre que llega el buen tiempo me acompaña Weezer, y más concretamente su disco verde.


lunes, 16 de julio de 2012

Sobre la sentencia de muerte dictada a la cultura

Muchas nubes (Donosti, 2010). (Foto: Isaías Fanlo.)

De entre todas las medidas que el "gobierno" de Mariano Rajoy ha dictado y que nos van a sumergir en la miseria más absoluta (parece mentira, sí, que se pueda caer más bajo de lo que ya estamos, pero es así), una me preocupa especialmente. El gobierno de este pobre país, que en 2010, en la oposición, lanzó la campaña "No más IVA" para reunir firmas contra la subida del Impuesto sobre el Valor Añadido llevada a cabo por el PSOE, vuelve a romper otra de sus promesas electorales para subir dicho impuesto un 3%. Esto es lo que han dicho oficialmente. Pero... ¡ah, no! ¡Un 3% para según qué! Porque los productos de consumo cultural, como el cine o el teatro, pasan de tributar un 8% a tributar un 21% (los libros todavía no han caído en esta ruina). Es decir, que como el partido que ahora mismo desgobierna este país ha decidido que la cultura es un lujo y un bien superfluo, el IVA para este tipo de actividades sube... ¡Un 13%! La subida, además, es irreal, puesto que como los salarios de la mayoría de la población han descendido, en realidad, ahora, ir al cine o al teatro sale muchísimo más caro que este 13%.

Así, con esta subida de los impuestos, el gobierno se ha cargado, de un plumazo a la cultura. Según la nueva categoría en la que está enmarcada, el Partido Popular considera la cultura un bien superfluo. Un lujo. Pero, vamos a ver, ¿es la cultura un lujo? ¿O qué es, en realidad, la cultura?

Estaremos de acuerdo en que el instinto más primario del hombre es el de la supervivencia. Por eso es tan importante contar con un acceso a la alimentación y a un sistema sanitario que garantice que hará lo posible para mantenernos vivos y en un estado saludable. Pero la búsqueda de alimentos, el instinto de protección, la lucha contra la enfermedad, es un impulso de todos los seres que habitamos este planeta. Gracias a estos instintos hemos sobrevivido hasta la actualidad. Como hemos podido.

Así pues, ¿qué es lo que nos diferencia a los seres humanos del resto de las especies? ¿Qué es lo que nos define como colectivo? ¿Qué es lo que une y separa las comunidades? ¿Cuál es el instrumento que garantiza que, quien lo desee, pueda disponer de un aparato crítico necesario? ¿Qué es lo que, en definitiva, dibuja nuestra identidad como homo sapiens sapiens?

Efectivamente: la cultura.

Ah, la cultura. Tan necesaria pero tan peligrosa a la vez. Un pueblo con acceso a la cultura es un pueblo cuya ciudadanía es capaz de opinar por sí misma, de contrastar noticias y no creer a pies juntillas en una verdad única como la que nos pueden dictar algunos medios de comunicación. Y, al contrario, un pueblo sin acceso a la cultura es un pueblo irremediablemente dócil, sumiso, maleable. Por supuesto que al gobierno le interesa hacernos creer que la cultura es un lujo. Como suelen decir los economistas, nunca hay que desaprovechar una crisis, y el Partido Popular ha visto en la terrible situación que estamos viviendo una oportunidad de oro para darle una estocada, quién sabe si definitiva, a una rama tan incómoda y tan inconformista como es la de la cultura. Nada nuevo bajo el sol: esta estrategia ya la habían aplicado, y la siguen aplicando, los régimes totalitarios de todo el mundo. Por eso es necesario que, finalmente, actuemos.

Mariano Rajoy, en el debate electoral, se sacó de la manga una famosa metáfora. Nos habló de aquella niña, la llamada "niña de Rajoy". "Yo quiero que la niña que nazca en España tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo...", espetó en su discurso. Tras esta condena a muerte a la cultura, acompañada de la ya anunciada aniquilación de la clase media, puesto que ahora todos somos más pobres que nunca y lo vamos a ser cada vez más, me gustaría saber qué futuro le espera a la niña de Rajoy. Es una niña que, para empezar, no va a poder recibir una educación digna si no es que nace en una familia bienestante como la del mismo señor Rajoy. Va a tener que estudiar lo que pueda en una escuela pública cada vez más mermada hasta que su familia (por supuesto en el paro) se lo pueda permitir. Cuando la niña de Rajoy, sin currículum, se diga "muy bien, pues si no puedo estudiar, trabajaré", se encontrará en una sociedad con un paro juvenil que roza el 50%. Es decir, que no podrá trabajar. Por supuesto, esta niña no sabrá lo que es un cine o un teatro, ya que las entradas se pondrán a precios tan prohibitivos que sus padres no podrán llevarla a formarse como persona de cultura en los pocos cines o teatros que sigan abiertos y que puedan permitirse las plateas vacías. Acaso se habrá podido descargar alguna película de manera ilegal, si es que la luz no sigue subiendo y su familia se puede permitir una conexión de banda ancha. La niña, en definitiva, será muy diferente de como se la imaginaba el señor Rajoy. Nacerá en una familia empobrecida y sin recursos, no tendrá una educación, no tendrá acceso a la cultura, probablemente tampoco a la sanidad, y se verá abocada a un mundo sin ninguna salida. Probablemente la niña de Rajoy acabe suicidándose por la desesperación o tirada en el andén de una estación de ferrocarril.

Opino sinceramente que los de ahí arriba (dígase gobierno, dígase Europa) han estirado la cuerda esperando aprovecharse al máximo de esta terrible crisis. Y opino también que, finalmente, esta cuerda se ha roto. Y creo que la ciudadanía va a tener la valentía de decir basta, pero basta de verdad, porque ahora mismo estamos viviendo en un país que se pasa por el forro muchos de los puntos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (acceso a la cultura, a la educación, a la sanidad -artículos 25-27-...) y nos estamos alejando a cada día que pasa de una democracia real. El mundo de 1984 de George Orwell o de V de Vendetta no está tan lejos. Y, llámenme optimista, pero creo que la ciudadanía va a reaccionar. De manera pacífica pero contundente. Y que no se va a parar.

Porque si no es así, yo dejo de creer en esto y me largo.