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domingo, 15 de abril de 2012

Notti magiche

Roma, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hemos estado en Roma esta Semana Santa. Quizá no eran los mejores días para ir a la ciudad (abarrotada de turistas y de religiosos, que todavía los hay), pero igualmente nos las hemos ingeniado para pasarlo bien.

Desde que volvimos he estado escuchando mucha música italiana. De lo más cursi. Inevitable. Y me ha venido en mente (también ha acudido a mi iTunes) Gianna Nannini. Y he recordado que ella aportó la banda sonora de cuando empecé a ver fútbol. Era en verano de 1990. En Italia se jugaba un Mundial que acabó siendo decepcionante en lo futbolístico, pero brillante en lo iconográfico. Por lo menos desde el punto de vista de un chaval que todavía no había cumplido los 10 años y que escuchaba aquellos nombres de estadios (San Siro, Luigi Ferrari, San Paolo...) por los que circulaban jugadores míticos como Matthaus, Völler, Baresi, Gullit o Maradona.

Y de fondo, siempre, esta canción de Edoardo Bennato y de Gianna Nannini, que todavía hoy resuena en mi cabeza. Una canción que nos abría las puertas a la década de los 90. Chándals, tejanos azul claro, calcentines blancos, zapatillas de deporte y hombreras. Ay...


Recomiendo vivamente ver el vídeo. Aquí la letra:

Forse non sara' una canzone
a cambiare le regole del gioco
ma voglio viverla cosi' quest'avventura
senza frontiere e con il cuore in gola

E il mondo in una giostra di colori
e il vento accarezza le bandiere
arriva un brivido e ti trascina via
e sciogli in un abbraccio la follia

notti magiche
inseguendo un goal
sotto il cielo
di un'estate italiana

E negli occhi tuoi
voglia di vincere
un'estate
un'avventura in piu'

Quel sogno che comincia da bambino
e che ti porta sempre piu' lontano
non e' una favola
-e dagli spogliatoi
escono i ragazzi e siamo noi
Oh oh oh oh...
notti magiche
inseguendo un goal
sotto il cielo
di un'estate italiana

E negli occhi tuoi
voglia di vincere
un'estate
un'avventura in piu'

jueves, 26 de enero de 2012

Camp Nou

Camp Nou, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Ya vuelvo a tener ordenador, así que el blog vuelve a la vida. Poco a poco iré colgando más fotos.

Ayer estuve en el Camp Nou, viendo el Barça-Madrid. ¡Menuda manera de sufrir!

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un juego de aciertos. Fútbol Club Barcelona

El Camp Nou en un partido de Champions. Barcelona, 2008. (Foto: Isaías Fanlo.)

No quería acabar el año sin hacer un modesto homenaje al Barça, que es, junto al Lleida, mi equipo. Cuando yo empecé a ver fútbol, allá por 1990-1991, el FC Barcelona era un equipo que contaba con una mano sus triunfos europeos (siempre en competiciones menores), que arrastraba con obstinación un gafe en la Copa de Europa, y que apenas tenía más ligas que el Athletic de Bilbao o el Atlético de Madrid. Un equipo de tradición perdedora. En 20 años la situación ha cambiado diametralmente, y nosotros hemos tenido la suerte de vivirlo. Las generaciones más jóvenes ya no tienen ni idea de lo que quiere decir aquello de "Aquest any, sí!" ("¡este año, sí!"), ese (ingenuo) conjuro para ganar finalmente la Liga, que año tras año se transformaba, más pronto que tarde, en desesperación y en críticas al equipo. Y hasta la Liga siguente. La llegada de Cruyff como entrenador puso la primera piedra de una imponente Catedral que ha coronado Guardiola y que admira el mundo entero. La pregunta, como diría Mourinho, es: ¿Por qué? ¿Por qué han cambiado tanto las cosas? Para mí, hay un punto esencial. Y muy básico. Un cambio en la mentalidad, que trataré de describir a continuación.


Circula por ahí un lugar común (en el mundo de la pelota, ya lo sabemos, hay muchos) que dice que el fútbol es un deporte de errores. Balones perdidos, disparos flojos o desviados, balones al poste... Bàsicamente, resultaba casi de perogrullo afirmar que el equipo que ganaba el partido no era el que cometía más aciertos, sino el que se equivocaba menos veces.

Sobre este concepto, sobre cómo desmontar este tópico, ha girado parte de la "filosofía" del actual FC Barcelona, quizás la máquina de ganar (y de jugar al fútbol) más contundente que jamás ha dado el fútbol. En mi opinión, quizás, este es el giro copernicano del actual Barça. La gran revolución, o mejor aún, el cimiento sobre el que se basa la gran revolución del equipo de Josep Guardiola. "I have the ball, I pass the ball", respondió el de Santpedor cuando le preguntaron, no hace mucho, cuál era el secreto del éxito, la fórmula mágica del que se considera ya uno de los mejores equipos de la historia. Más sencillo, imposible: pasar la pelota, una y otra vez, buscar el desmarque constantemente, generar espacios, como en una jugada ensayada de baloncesto.

Pasar la pelota, sí, pero sin perderla. Un pequeño detalle que aquí adquiere una importancia capital. Una pelota nunca se pierde, ni en la delantera, ni en la defensa.

Tener la pelota es la mejor manera posible de defenderse. "La mejor defensa es un buen ataque", decía Cruyff, líder espiritual de la filosofía Barça. Guardiola, alumno aventajado del bueno de Johann, tenía bien aprendida la lección de sus tiempos de jugador, y la aplica, con mano de hierro, en su equipo. Aquí nadie regala el balón. Ni siquiera a Victor Valdés, el portero, se le permite despejar en largo una pelota, por mucha presión que ejerza el equipo contrario. Esto puede llegar a costar goles (el 1-0 contra el Madrid en el Santiago Bernabeu, hace unas semanas, sin ir más lejos), pero la fidelidad a un estilo acaba siendo rentable (ese mismo partido se acabó ganando 1-3 en parte gracias al estilo, y son incontables las jugadas de gol en los últimos tres años que ha iniciado el mismo Valdés).

El pase. El golpe técnico que sirve como base para el proyecto ganador del FC Barcelona. Desde hace años, concretamente desde que Johan Cruyff volvió a Barcelona para entrenar un equipo en depresión, en 1989, La Masia, la célebre escuela de fútbol del club, ha inculcado no solo el mismo esquema táctico a todos sus equipos base, sino también el gusto por pasar la pelota con la máxima rapidez y precisión. Se dice que los rondos que hace el primer equipo del Barça en los entrenamientos son más espectaculares aún que ver al equipo desplegar su juego en un partido (como muestra, un botón: el vídeo de aquí abajo, gentileza de allasFCB, de TotalBarça). El rondo, el gusto por el pase llevado a su máxima expresión, es el huevo de colón de la preparación futbolística. No hay un santo grial. No existe una fórmula mágica. En realidad, todo es muy sencillo. Recibo la pelota, y paso la pelota. No hay más.



El pase. Los cimientos sobre los que se construye la gran victoria del Barça sobre el fútbol especulativo. Y, quizá, quién sabe, el gran legado de este equipo para el futuro. Si algo le falta a la nueva Masia, la escuela de fútbol del FC Barcelona, es algún cartel en la entrada en la que, además del clásico (y genial) "més que un club", pueda leerse aquello de "I have the ball, I pass the ball. Very simple". Tan sencillo como genial. Como todas las buenas ideas.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El último partido de la Unió Esportiva Lleida

Afición del Lleida en el campo de L'Hospitalet. Mayo de 2011.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Aquella tarde de primavera tuve una visión que me abrió los ojos. Por aquel entonces yo era un chaval de diez años, quizá once, y todavía poco despierto. Pero el momento lo recuerdo perfectamente: habíamos ido a comer a casa de mis tíos, que se acababan de trasladar a una nueva casa, en un nuevo barrio de la ciudad. Un noveno piso. Al acabar de comer, mientras los adultos tomaban café, fui a inspeccionar aquella casa que pisaba por primera vez, llena de rincones y cuartos desconocidos. Pasé por el comedor, por las habitaciones, por una pequeña salita, y jugué con dos espejos enfrentados en el recibidor que multiplicaban mi reflejo hasta el infinito.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que la casa tenía un balcón. Y afuera, se empezaba a escuchar ruido. Así que, como el niño curioso que todavía era, decidí abrir la puerta y echar un vistazo a lo que ocurría. Al asomarme, me quedé perplejo: lo que tenía delante era un campo de fútbol, pequeñito (aunque a mí entonces me pareció enorme), en el que veintidós jugadores estaban jugando a fútbol observados por unos pocos miles de personas.

En ese momento, mi padre, que habría escuchado como abría la puerta del balcón, me puso la mano en el hombro.
-Papá, ¿qué es esto?
-Es el Camp d'Esports -respondió-. El estadio del Lleida.
-¿El Lleida? -pregunté, incrédulo. Hasta entonces, para mí el fútbol era el deporte que jugaban algunos niños en el patio (yo jugaba a baloncesto) y que se practicaba profesionalmente en un lugar lejano y casi mítico, Barcelona, donde (según me habían explicado) se podía vivir en la misma calle que una persona y no conocerla y donde existía un tren subterráneo que unía la ciudad. Pura ciencia ficción.

Esa fue mi primera vivencia de fútbol leridano y, por ende, del llamado infrafútbol, es decir, de las categorías inferiores del deporte rey. Yo me quedé embelesado viendo, desde aquel noveno piso, los minúsculos jugadores, entre los que destacaba un joven Emilio Amavisca, y decidí que me haría del Lleida. Al año siguiente, con el club en Segunda División, empecé a ir a todos los partidos, con amigos. Las entradas costaban 400 pesetas, pero valía la pena desprenderse de la paga semanal: se veía buen fútbol. El Lleida jugaba bien, el Camp d'Esports poco a poco se iba llenando, los resultados acompañaban y el sueño de subir a Primera División, algo poco menos que impensable, empezaba a hacerse realidad.

Y vaya si se hizo: el 5 de junio de 1993, y en un Camp d'Esports lleno hasta la bandera, el Lleida derrotó al Badajoz por 3 goles a 0 y materializó el ascenso a Primera a cuatro jornadas del final, superando a equipos que en principio eran favoritos, como el Valladolid, el Racing o el Mallorca. Y se plantó en la categoría de oro. "El año que viene ganaremos al Barça y al Madrid", dijo, eufórico, Miquel Rubio, el capitán del equipo, en los discursos de celebración.

El sueño se convirtió en realidad, y las palabras de Rubio funcionaron como una profecía: se ganó en el Camp Nou, al mismísimo dream team de Romario, Laudrup, Guardiola, Koeman o Stoichkov con un gol de Jaime Quesada en el minuto 86, y se ganó al Real Madrid en el Camp d'Esports, con goles de Popeye Parés y de Soren Andersen tras una falta brutal de Gustavo Matosas. Pero no fue suficiente para mantenerse. De poca cosa sirvió ser el primer equipo que ganaba en Anoeta como visitante (1-3), o la victoria en Valladolid por 1-2 que nos sacaba de la zona de descenso cuando faltaba poco para acabar la temporada: el equipo volvió a segunda en la última jornada tras perder en el campo del Racing, mientras escuchaba por la radio que Celta y Valladolid empataban a 0-0 (el empate les favorecía a ambos y la afición gritaba "que se besen, que se besen"). Aquella fue la primera vez que lloré por un partido de fútbol.

Evidentemente, han pasado muchos años. Tantos, que el bonito cuento de la Unió Esportiva Lleida está a punto de acabarse. O de poner un punto y aparte, si se quiere: el club, a causa del endeudamiento que arrastra, va a tener que refundarse, después de haberse quedado a las puertas del play-off de ascenso a Segunda División "A". Ya han quedado atrás momentos emocionantes como los descritos, la promoción agónica contra el Sporting de Gijón en 1995 (2-2 en el Camp d'Esports y un 3-2 dramático en El Molinón), el buen fútbol de finales de los 90 y principios del 2000...

Ahora toca lo mismo que han tenido que hacer muchos clubes históricos del fútbol español, como el Burgos, el Málaga o el Almería. Empezar de cero. Algunos con más suerte, otros con menos. El pasado fin de semana, unos cientos de aficionados nos enfundamos la camiseta azul y nos dirigimos al campo de L'Hospitalet, donde la Unió Esportiva Lleida jugó el que quizás fue su último partido oficial con este nombre. El resultado, un empate a cero, fue lo de menos. Lo importante era despedir como correspondía a este equipo. Y cuando, al final del partido, la afición cantó el himno a cappella, bufandas al aire, tuve que hacer un esfuerzo, con un nudo en la garganta y emocionado, para que no me cayeran las lágrimas. Porque aquel era, también, el final de un capítulo de mi vida.

domingo, 31 de octubre de 2010

Camp Nou

Camp Nou. Barcelona, 2010.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Ayer estuve en el Camp Nou con mi amigo Miquel, viendo el Barça - Sevilla (5-0, menudo partidazo). La tecnología digital me permitió obtener esta panorámica del campo.

martes, 23 de marzo de 2010

Una tarde en el Camp Nou



Barcelona, 2010. (Fotos: Isaías Fanlo)

jueves, 5 de noviembre de 2009

Maradona y San Gennaro


Napoli, 2007. (Fotos: Isaías Fanlo.)

Seguimos con los recuerdos napolitanos (y ahora con más razón, porque se me ha estropeado el ordenador y está en el servicio técnico, de modo que no voy a poder colgar muchas novedades ahora). En Nápoles existen dos cultos mayoritarios. El primero, a San Gennaro. Nápoles es una ciudad muy devota a su santo patrón, y lo demuestra a cada esquina, especialmente del centro histórico: en el interior de los edificios, y también en plena calle, hay cientos de hornacinas con una estatuita del santo, acompañadas por velas, estampitas con dibujos de colores vivos o imágenes de jesucristo en technicolor, fotografías de un pariente al que proteger, flores... Resulta curioso que en una ciudad que, por mucho que los napolitanos se empeñen a asegurar lo contrario, es insegura, uno puede dejar algún objeto de valor en la hornacina y éste no volará.

El otro gran culto de Nápoles es Maradona. Si Gennaro es santo, Maradona es dios (para los napolitanos, claro). Por toda la ciudad pueden verse, en banderas, bufandas, papeles colgados de los edificios, múltiples decoraciones en azul y blanco, los colores del Nápoles, el equipo de fútbol de la ciudad, un histórico que hasta la llegada del astro argentino sólo podía presumir de haber conseguido dos copas de Italia y dos subcampeonatos de la Serie A.

Maradona llegó al Nápoles procedente del Barça. Estaba sancionado en España por culpa de la increíble pelea tras la final de la Copa del Rey contra el Athletic de Bilbao, y no podía pisar ningún césped español en seis meses, lo que convenció definitivamente a Núñez para vender al Pelusa al equipo partenopeo. Y el Nápoles, que el año anterior a su llegada se había salvador por los pelos del descenso, se disparó en la tabla de la clasificación. En su tercera temporada, Maradona ganó el scudetto. Por primera vez en su historia, el Nápoles era campeón de la liga italiana. Y tras la llegada del brasileño Careca, el equipo azzurro podía presumir de tener uno de los mejores tridentes del fútbol europeo: Maradona-Giordano-Careca, conocidos con la fórmula MA-GI-CA. La "magia" no abandonó la capital del mezzogiorno italiano hasta después del Mundial de Italia. Mientras el resto del país odiaba a Maradona, un personaje que empezaba a creerse omnipotente (y que en el campo de fúbol realmente parecía serlo), que hablaba de sí mismo en tercera persona y que desquiciaba las defenas más férreas, la afición napolitana veneraba a la estrella que les acabó regalando dos scudetti y una Copa de la UEFA, el único trofeo internacional en las vitrinas napolitanas.
Maradona era tan venerado en Nápoles que, en la semifinal del Mundial de Italia celebrada en el estadio de San Paolo (la casa del Nápoles), no fueron capaces de abuchear al barrilete cósmico cuando éste lanzó el penalti que daba la clasificación a Argentina frente al equipo anfitrión.

Pues bien. Veinte años después, la veneración por el Nápoles, que en el 2007 estaba a punto de regresar a la Serie A después de unas temporadas en la segunda división del fútbol italiano, y también por Maradona, sigue ahí. Al lado de las estatuas de San Gennaro, en los altares improvisados, se pueden ver fotografías de Maradona. Muchas de las banderas del Nápoles llevan un dibujo de la cara de Maradona. En fin, que el argentino es omnipresente todavía.

Es por eso que en San Paolo el público sigue gritando uno de los cánticos más insólitos del fútbol, una auténtica (y literal) declaración de amor por un mito del deporte:

O mamma mamma mamma,
o mamma mamma mamma,
sai perche' mi batte il corazon?
Ho visto Maradona
Ho visto Maradona,
eh, mamma', innamorato son.

jueves, 7 de mayo de 2009

Anatomía de "un momento de la hostia"


Vídeo: gol de Andrés Iniesta contra el Chelsea, narrado con pasión por los locutores de RAC1.


Minuto 93 de la eliminatoria de semifinales de la Champions League entre el Barça i el Chelsea. Stamford Bridge, en Londres, era un fortín. El Barça agonizaba, con un jugador menos, sin haber logrado chutar a puerta en todo el partido y sin haber logrado traspasar la imponente tela de araña tejida por Gus Hiddink, entrenador del Chelsea, a lo largo de la eliminatoria. Pero algo se mascaba. Llega el primer centro preciso de Alves en todo el partido, Terry rechaza la pelota que llega a pies de Eto’o, que no controla bien pero que consigue presionar a Essien para que no acierte con el balón. Éste va a Messi, que ve a Iniesta fuera del área. A él va un balón raso, dulce, templando un partido que había llegado al punto de ebullición. El planeta se congela por unas décimas de segundo. Don Andrés, el chico a quien le falta gol, se saca un zapatazo. En ese zapatazo van las esperanzas de millones de culers que en sus casas, en los bares, viendo la tele, escuchando la radio, habían estado sufriendo como nunca. El de Fuentealbilla se deja el alma, como él dijo al acabar el partido, en el disparo.

Y llega el gol, en el último suspiro. El gol y una catarsis colectiva que se ha visto pocas veces.
Lo que Iniesta definió ayer, justo al acabar el partido, como “un momento de la hostia” fue precedido de varios factores que nos llevaron donde nos llevaron. Se ha hablado mucho del arbitraje, y es cierto que el colegiado noruego Övrebö estuvo nefasto y no pitó dos penalties a favor del Chelsea que sí lo eran, especialmente el de las manos de Piqué, pero también es cierto que en la ida el Barça fue seriamente perjudicado, que Ballack directamente no tendría que haber jugado la vuelta, que Abidal fue expulsado injustamente porque por lo visto sus poderes telequinéticos fueron capaces de derribar a Anelka, que corría dos metros por delante de él. Pero el arbitraje no fue el factor decisivo en esta eliminatoria. Aquí va mi teoría:
Hubo dos factores clave para decantar la balanza entre Chelsea y Barça. El primero, la expulsión de Abidal, que creo que, paradójicamente, no fue del todo mala para el equipo. Hasta entonces, incluyendo el partido de ida, el Barça no había variado de táctica. La doble línea defensiva del Chelsea, que incluía marcajes al hombre y en zona, tenía amordazados a los “locos bajitos” blaugrana, Messi, Xavi e Iniesta, que no disponían de dos palmos para jugar. Hiddink había tomado notas en la clase magistral que el Barça había dado en el Santiago Bernabeu y no dejó que Messi se moviera a sus anchas como media punta. Ante esto, Guardiola no encontraba respuesta. Hasta que Abidal tuvo que irse a los vestuarios y el Barça se vio obligado a alterar su disposición sobre el terreno de juego.

El segundo factor es, si cabe, más sorprendente y paradójico: al apostar a fondo por su estrategia conservadora, Hiddink puso en jaque el trabajo de contención hecho a lo largo de toda la eliminatoria: en el minuto 72, y con el Barça con diez jugadores, sacó a Belletti, un lateral, por el delantero Drogba (que no será candidato al Balón de Oro pero sin duda es un serio aspirante al premio Tony al mejor actor dramático… hay que ver lo que cuesta tirarlo al suelo fuera del área y la facilidad que tiene para desmoronarse en cuanto alcanza la zona de penalty). Una apuesta cobarde, rácana, para conservar el 1-0 a sabiendas que un gol del Barça le mandaba a la calle. En lugar de querer amarrar la eliminatoria, que el Chelsea tenía en su mano, le entró el miedo y se acurrucó atrás. Aquí, Hiddink se equivocó, porque cambió un dibujo que le había funcionado de maravilla (tácticamente, me refiero, porque no hubo ni rastro de buen fútbol en su propuesta).
Así pues, los dos equipos se resituaron en el terreno de juego y eso benefició al Barça, porque de repente pudo disponer de un par de palmos más para pensar. Piqué subió al ataque, un poco a la desesperada, y eso obligó a Terry y a Alex estar más pendientes del central, liberando un poquito de espacio. Essien tuvo que dejar a Iniesta, a quien había logrado asfixiar hasta entonces, un poco más suelto para ocuparse también de Eto’o. En ese minuto 93, Alves lanza un centro envenenado. Essien estaba lejos de Iniesta, y con él, la defensa del Chelsea se había visto obligada a ceder un par de palmos extra a Messi y al de Fuentealbilla. Los dos palmos necesarios para que el equipo trenzara su primera jugada de ataque y enviara un balón con el efecto cambiado directamente a la historia.

La cuestión es que el balón entró. Podría no haber entrado, sí, y quizás estaríamos eliminados, pero podrían haber entrado también las ocasiones de Bojan o Eto’o en el partido de ida. El posibilismo no me interesa: la realidad es la que es, y el Barça se planta en la finalísima de Roma gracias a un gol heroico, decisivo, igual que lo fueron el de Bakero contra el Kaiserlautern en 1992 y el de Giuly en San Siro contra el Milan en 2006. Los dos nos acabaron dando el máximo trono continental. ¿Es una premonición de que va a llegar la tercera Copa de Europa a las vitrinas del Camp Nou? Esperemos que sí. De momento, sobre estas líneas tenemos el vídeo de “Un momento de la hostia”. A disfrutarlo.

viernes, 11 de abril de 2008

¿Lesionado? ¿Apartado? ¿Olvidado?

Ronaldinho. Barcelona, 2008. (Foto: Isaías Fanlo.)

Supongo que ésta es la última foto que le podré hacer a Ronaldinho con la camiseta del Barça. Es increíble lo que le ha sucedido a este jugador. Ha pasado, en un año y medio, de ser el mejor del mundo a ser un lastre para su equipo. Yo no sé si había visto un desmoronamiento tan aparatoso en el deporte de élite.

Por supuesto, Ronaldinho le ha salido más que rentable al Barça, lo venda al precio que lo venda: dos ligas, una Champions League (en cuya final tuve la suerte de estar, por cierto), y sobre todo, haberle dado la vuelta a una dinámica negativa que duraba ya cinco años. Sólo por eso, la parroquia culé ya tiene que estarle agradecido. Pero ¿por qué se ha dejado perder de esta manera? ¿Tanto afecta el tener tanto dinero a su edad (la mía: ambos somos de 1980)? Podría haber hecho historia como jugador y va acabar siendo un muy buen futbolista y punto, nada de "uno de los cinco mejores", como se dijo hace un par de años. Y el Barça, mientras tanto, a confiar en Eto'o, Messi, y un chaval de Linyola de apellido serbio: Bojan Krcic.


*
Quien respondió ayer fue mi equipo de baloncesto, el CE Panteres Grogues. En la liga de Barcelona, derrotamos al equipo que iba empatado con nosotros en la clasificación... ¡por más de 40 puntos! Y, lo más importante, jugando como un auténtico equipo. Julien y Chema, las nuevas incorporaciones, se han adaptado perfectamente y gracias a ellas somos un equipo mejor.

La idea es llegar en plena forma a los EuroGames de Barcelona (a finales de julio), que es el Campeonato de Europa para gays y lesbianas, y que tenemos que intentar ganar. Antes, de todos modos, tenemos una cita importante en París, en el campeonato europeo "oficioso" que se celebra allí anualmente. Este año, el 10 y 11 de mayo. Es decir, dentro de un mes exacto...


CE Panteres Grogues Bàsquet. (Foto: Hugo Jorge Santana.)

martes, 9 de octubre de 2007

Tarde de fútbol

Barcelona, 2007. (Foto: Isaías Fanlo.)

Un joven juega a una máquina tragaperras en el descanso del Barça - Atlético de Madrid, en un bar de St. Gervasi el pasado domingo.

Como diría Jane Austen, es una verdad universalmente reconocida que en Sant Gervasi la mayoría de bares están poblados de pericos y merengues. Cuando bajo a ver los partidos del Barça, los culers somos minoría, lo cual resulta algo frustrante en Barcelona (he visto partidos del Barça en otras ciudades de Europa y allí la mayoría de gente apoya al equipo). Pero se acabó el sufrir o pavonearse frente a aficionados de otros equipos: el otro día recordé que el Bar Sans, en Mitre, muy cerca de Muntaner, es un bar en el que tradicionalmente se reúnen los aficionados del Barça a ver los partidos del equipo, así que el pasado domingo, después de salir de Sonimag, me dirigí hacia allí para ver un partido que tradicionalmente no se le da bien al equipo de Rijkaard.

El bar Sans es uno de los pocos bares carismáticos del barrio. Un bar con aroma (quizás sería mejor escribir "tufo") antiguo, con las típicas mesas de los años sesenta, las tapitas, poco apetecibles, en la barra, humo en el aire y una mezcla de juventud y gente que parece salida de épocas pretéritas. Un ambiente simpático, que oscila entre lo universitario y lo friki: vamos, ideal para ver el fútbol.

La verdad es que, como lo pasé bien y no tuve que discutirme con ningún merengue, creo que a partir de ahora éste va a ser mi sitio cuando quiera ver los partidos del Barça. ¡Ah! Y el domingo, el Barça acabó con su mala racha en el Camp Nou contra el Atlético: vencio 3-0 en un partido a ratos muy hermoso. ¡Que continúe la racha!